Sábado, 22 de octubre de 2005
Hace casi un año, Torcuato se fue del Gobierno en medio de un escándalo. Distendido, recuerda aquellos días en la Secretaría de Cultura y se declara “Cristinista”. Tamara, 19 años menor, crece con su negocio del Pilates, pero se indigna con las trabas burocráticas. Los hijos, los paseos en el Di Tella modelo ’59, las discusiones familiares y las cuentas pendientes
“Me saco de encima a este periodista y hablamos. ¿Será un rato, cierto? ¿O viniste con muchas ganas de joder?”. El repelente buenas tardes made in Torcuato Di Tella pegotea la capacidad de asombro. Recto a la mandíbula y silbido sordo en el primer round. Estado de shock. ¿Y ahora? Nada. En el primer piso de Libertador al tres mil y pico, sólo es cuestión de relajar el oído, colar un bocadillo ácido para disparar respuestas insólitas y consentir por las dudas. Este catálogo garantizará una odisea de ciencia ficción con final decoroso. Bienvenidos.
Carolina Di Tella dice hola, le contesta a papá que sí, que después hablan, y regala una mirada de Dios los ampare a los intrusos de grabador y cámara que aún no saben si el dueño de casa habla en serio o provoca. Y se va, elegante, con remera suelta, pantalón de buzo estirado y alpargatas negras. Acaba de cumplir 20.
Sincronización suiza: sale una entra otra. Tamara Chichilnisky de Di Tella salta al cuadro, impecable, sonriente, peinada, maquillada. Imposibles 56 años. “Este pantalón que es muy ajustado. Si se rompe cuando me siento, disculpen. Debo bajar cuatro kilos”. El cuero resiste el movimiento descendente, no así los pronósticos pre-entrevista para tamaña honestidad. Pintura brutal de entrecasa.
Un año después. Decir que esta entrevista debería ofrecerse a los lectores en formato de CD con audio original puede sonar a incapacidad periodística para traducir la historia al lenguaje escrito. Que suene así, pues. Gestos, miradas, reproches, internas en inglés y frontones de conversación monosilábicas ponen a prueba los recursos inventados.
-Torcuato: Es cierto, ya hace un año que me fui del Gobierno. No me arrepiento de haberlo hecho, a pesar de que al principio no quería saber nada...
-Tamara: Yo quería que él lo hiciera y me equivoqué al insistirle tanto.
-Torcuato: Está bien... Yo traté de desacartonar el discuro tradicional y lo hice a propósito.
-Tamara: Se divertía y decía lo que tenía ganas.
-Torcuato: Cuando dije que la cultura no es prioritaria, lo dije porque creía y creo en eso.
Empleada doméstica -con bandeja- en escena. Tazón blanco, café con leche y Criollitas para ella, tacita mínima y café para él. Tamara no estará siempre sentada. Caminará mientras Torcuato refresque sus teorías sobre “la transformación de los partidos políticos”, el clientelismo como método “inevitable y necesario”, peronistas en decadencia e insultos de campaña que se olvidarán pronto. Pero volverá, y dirá: “Torcuato es un intelectual que no es congruente con la función pública. Es una mente única que ve el otro lado para provocar un poco...”.
Y lanza la carcajada. La diferencia de 19 años juega a favor de una complicidad que se respira. Se conocieron en los ’70, cuando ella preparaba su tesis en Oxford, y no se separaron más. El, sociólogo. Ella, doctora en Ciencias Políticas y mentora del gimnástico Pilates.
Casados con hijos. Torcuato descruza las piernas y mueve la rodilla izquierda. Un poco gordo. Tiene un año más, ya se calzó los 75, pero no cambió la ropa. Suéter verde, camisa blanca y corbata: igual que aquella tarde de 2004, cuando –siendo Secretario de Cultura- dejó tiesos a los diputados con filosas ironías.
“Chau Titina”, dice Tamara sin mirar cuando escucha el ruido de la puerta. “Chaaaau”, se oye por la cerradura. Titina es Carolina, quien días después posará orgullosa sobre su Di Tella ‘59, por el que hace un año pagó 8 mil pesos y hoy es el auto oficial de la familia. Estudia Ciencias Económicas y camina por la huella de su hermano Sebastián, que a los 22 es la mano derecha de mamá en el selecto y millonario negocio del Pilates. Ellos casi no percibieron la abrupta salida de Torcuato del Gobierno.
“En casa, nadie me da bola –cuenta–. No saben si estoy o no estoy: a nadie le importa”.
-¿Ni siquiera a la hora de la cena?
-Tamara: Ahora sí le dan bola, hay unas peleas tremendas: yo quiero que Sebastián haga el postgrado en Harvard, y Torcuato quiere que vaya a la Universidad de Columbia.
-¿Es el tema del momento?
-Tamara: ¡Qué festín se van a hacer con eso! ¡Qué festín!
-El tema lo planteó usted.Me imagino el título... el gran dilema... la gran preocupación de los Di Tella.
-¿Entonces sólo se habla de eso?
-Tamara: ¿Qué más? Ya está. Un temazo.
-Torcuato: A la hora de la cena, el problema es comer y no hablar.
Por: MDM | General | Comentarios (1) | Referencias (0)
un fan | 26-10-2006 07:38:17
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